Discusiones de enamorados sin amor, besos sin corazón, relación sin relación.
Eran demasiado iguales y distintos a la vez para que nada de lo que se propusieran funcionara.
Él, caprichoso y rencoroso. Ella, orgullosa, muy orgullosa. No dejaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer.
Pero algo sí que tenían en común. Se deseaban el uno al otro a más no poder.
Ella, aunque no quería, aunque su orgullo no la dejaba, no podía resistirse a querer sentir el calor de su cuerpo, ni sus labios rozando su cuello y bajando hacia su pecho.
Sabía que era prohibido, sabía que no debía, que no llevaría a nada bueno. Pero, empezaba a creer que aquello era lo que le gustaba de él.
Para él, puede que ella solo fuera uno más de sus caprichos, pero al final, de una manera o de otra, cada vez que ella no volvía, sentía la necesidad de buscarla. No podía dejarla ir del todo.
Ella perdía su orgullo, él disfrutaba de lo que ella le daba como si de su capricho se tratara.
Por un momento, en una noche clandestina, los dos tuvieron lo que querían, los besos, las caricias, agarrar fuerte su espalda, empujar sus manos sobre los cristales de aquel frío coche mientras intenta que su mano entré por la falda de ella. Escalofríos y respiración acelerada llenan aquel pequeño espacio donde solo existía lujuria y deseo.
Cerró las piernas. Él no entendía nada. La miraba, la deseaba, y veía cómo ella sentía lo mismo que él, pero no le dejaba avanzar, y ella tenía motivos que ni ella quería decir ni él quería escuchar.
Solamente quería sentirla, recorrer su piel con la lengua, saborearla, probarla, hacerla sentir en las nubes.
Empezaba a enfadarse. Volvía a ser el mismo caprichoso y rencoroso mientras ella volvía a recuperar su orgullo, haciendo que aquel coche se enfriara.
No queda más pasión, ni lujuria, ni besos, ni respiración acelerada. Ya no quedaba nada.
Sin embargo, cuando cada uno volvió a donde todo había empezado, ella empezó a razonar. Si quería, ¿por qué había dicho que no? Lo intentó, una y otra vez. Quiso volver a tener lo que él antes le ofrecía en bandeja de plata y que ella no había querido.
Tarde, ya era tarde.
Ahora, ella dudaba si él era un capricho, cuando ya no quedaba duda de que él abrazaba a su orgullo.

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